La ira del cristiano

Últimamente he experimentado un fenómeno del que no se suele hablar; no por infrecuente sino por impopular o quizá «religiosamente incorrecto». Y es el siguiente: ¿qué ocurre cuando el cristiano se enfada con Dios?

Toda la filosofía vital del cristiano se basa en el agradecimiento. En tratar de extraer esa gota de optimismo y serenidad ante cualquier revés de la vida. En llevar las penas lo más dignamente posible, sonriendo ante el infortunio como si a éste le doliera tanto como a los paparazzi con la Pantoja. La idea no es mala, sobre el papel, y realmente cobra fuerza cuando uno alcanza suficiente «sabiduría del corazón». No va a funcionar por un mero proceso mental de lógica y comprensión. Pero esa sabiduría no se alcanza fácilmente, y dígale usted al sujeto que no encuentra trabajo, pierde un familiar, le ahogan los créditos y otras tantas desdichas, que agradezca.

Dejando de lado casos extremos, nunca me había encontrado en semejante estado. Nunca fui de los que se rompía el pecho agradeciendo a Dios lo que pasaba en mi vida, tampoco le exigía o recriminaba nada. Es inútil culpar al destino como hacen muchos, porque la providencia de Dios no es ni más ni menos que nuestra libertad. Pero hasta vivirlo en mis propias carnes, sí que había conocido algún que otro caso.

Una de mis mejores amigas de estos últimos años es monja. De clausura, concretamente. En un pueblo de Salamanca, en particular. Acudí a su ingreso en el convento. Creo que nadie sabía cómo sentirse en aquella escena que tuvo lugar en esa iglesia. Nuestra amiga, feliz, y nosotros por ella – en parte. Su madre, a lágrima viva, repetía sin cesar «humanamente es difícil alegrarse, pero cuando Dios entra en la ecuación…», buscando consuelo en sí misma.

Hasta donde yo sé – hace tiempo que no tenemos contacto – sigue feliz en el convento. Pero el día que me invitó a tomar un café y reveló sus planes, también me explicó cómo había llegado hasta aquella decisión. Y no podía resultar más sorprendente.

Mi amiga perdió a su padre de repente. Se lo llevó en tres meses una grave enfermedad que no habían detectado hasta que era demasiado tarde. Cristiana de toda la vida, aquel suceso reinició todo su mecanismo interno de repente. «Odiaba a Dios», me decía. «No podía creerlo; llevaba ya una serie de desgracias que había ido aguantando de aquella manera, pero lo de papá fue demencial. No era justo, no soportaba más el sentirme completamente estúpida, el haber perdido el tiempo rezando para nada, el no comprender qué necesidad había en toda esta situación…».

Soy un tipo pragmático, así que lo primero que le dije, como no podía ser de otra manera, es que no perdiera el tiempo en eso. Que Dios podía estar ahí, sí, pero que no se metía en esas «menudeces» – que es lo que serían para él, pensaba yo. Bueno, pues seguía explicándose y un servidor estaba cada vez más ojiplático:

«Ya no puedo hacer eso. No quiero separarme de Él. Durante todos esos meses continué rezando. Y conforme pasaba el tiempo, el enfado desaparecía y mi corazón quedaba más tranquilo, infundido de una seguridad que me hacía estar en paz y con plena confianza en sus planes. Y así es como decidí que quería permanecer siempre a su lado.»

Planes que – como hemos dicho – no son otra cosa que nuestra libertad de elección. Me resultaba desesperante el conflicto que esto generaba. No había manera de entender ese proceso racionalmente; en cambio, sentía un arrebato en el corazón que se empeñaba en comprenderlo. No de manera humana. Se trataba de otro plano, que envolvía lo terrenal. Quería dar un salto que trascendiera la lógica habitual. Como una ascensión a lo infinito y lo total.

Ahí quedó todo. Seguí adelante con mi vida de creyente. Pacto de no agresión: tú haces lo tuyo, yo lo mío; no nos molestemos más de lo estrictamente necesario. Volveré a ti cuando me asalte el típico drama cotidiano, me olvidaré cuando las cosas vayan bien.

Hasta que un día ocurrió.

No podría pensar en una causa concreta que desencadenara todo aquello. Quizá la suma de muchas, que habían ido filtrándose como un buen veneno hasta alcanzar la concentración mortal en sangre. La única certeza es que no había indiferencia y resignación, como otras veces. Enfadado, mi alma ansiosa, sedienta de una explicación, exigía una disculpa por toda la tormenta desencadenada. No tenía fuerzas ni ganas de soportar aquello, ya era suficiente.

Entonces lo entendí. Quizá, puede que precisamente ese salto entre la indiferencia y el enfado, sea el paso que da el creyente cuando se convierte en cristiano. La certeza de que la presencia de Dios deja de ser una anécdota y algo que va y viene, para convertirse en permanente. No es una conclusión lógica. Es algo que aprehende el alma. Queda tatuado en ella e interiorizado. Una verdad sin más fundamento que ella misma. El corazón abraza ese misterio en paz y convence a la mente de desistir en sus intentos de encontrar alguna explicación.

Efectivamente, no hay justificación racional posible; es esa “sabiduría del corazón” que va tomando forma y aplastando a la sabiduría convencional de buenas maneras. Pero aplastándola, al fin y al cabo. Este fenómeno me genera una gran tensión. Una gran guerra para la eternidad, donde cabeza y corazón conviven como buenamente pueden, con la resignación de saber que no habrá paz hasta el fin de nuestros días.

Por suerte, el corazón tuvo un último momento de piedad con la cabeza y dejó que ésta desarrollara una pequeña lógica de todo esto: y es que, como toda relación, la nuestra con Dios tiene sus altibajos. Grandes momentos de felicidad compartida, tantos otros en los que deseas acabar con ella porque no crees que merezca la pena. Pero hay algo dentro de nosotros, una fuerza innata, que cuando se desencadena te invita a seguir ahí, peleando por lo vuestro, remando juntos, aunque no estéis bien avenidos en ese momento.

Está bien mirarse al espejo y gritar: me estás jodiendo. Es mejor esa pelea que cualquier otra cosa porque al menos demuestras que te importa, ya que la mayor afrenta en estos casos es la indiferencia. Por eso hablo de la ira del cristiano y no del creyente. A este último no le interesa la confrontación; es testigo de la presencia de Dios pero opta por la indiferencia ante ésta. El cristiano ríe, llora, se enfada, grita, sonríe y pasa por todos los estados de ánimo posibles junto a Dios. Se implica con Él, le quiere en su vida. Quiere mantener esa relación aun sabiendo que habrá momentos mejores y peores, no es algo negociable.

Por eso en estos últimos tiempos me siento en la iglesia, le pongo a parir durante un rato y luego me marcho. Quiero que sepa de mi enfado. Pero también quiero que sepa que haremos las paces.

Iras y alegrías de domingo

Se está hundiendo el mundo en este preciso instante y el té americano que ha preparado la inútil que la cafetería tiene por camarera – todavía tendrá el valor de hacerse llamar barista – es verdaderamente malo. Para cerrar el círculo de surrealismo de la situación, suena Come on Eileen, una de esas canciones ochenteras y dicharacheras que hacen pensar que todo saldrá bien. Y que saldremos más fuertes, ya puestos.

Fuera llueve en horizontal; los paraguas son inútiles y con semejante tempestad el mal menor es empaparse para luego ponerse a secar en casa. Y en este panorama esperpéntico, donde empiezo a dudar de que todo lo construido y llevado a cabo en mi existencia haya tenido una mínima utilidad, sigo encontrando un pequeño atisbo de luz. Aunque por el cielo ni asome.

Somos un despropósito, decíamos. En este gang coruñés, mitad nativo mitad importado, nada es lo que parece. Nosotros, personas serias en nuestros quehaceres diarios, mutamos en un cóctel de surrealismo y desastres encadenados. No recuerdo día en el que nos ciñéramos al plan u hoja de ruta propuesto, y seguramente hacerlo hubiera resultado en veladas más anodinas.

Se suele repetir como un mantra – que nadie pone en práctica – que el amor empieza cuando no hay motivos para amar. Qué gran verdad: uno se me presenta serio y solemne en una reunión de cuatro pelagatos, instándome de manera muy cordial y serena a requerir su ayuda en toda tarea que surja. Otro que hace deporte hasta cuando duerme, tocando la guitarra 24/7 – sólo le falta hacerlo encima de la tabla de surf – como un hippie desencadenado, mientras fluye por la vida o ésta le fluye a él, como sea. Una que va y viene, como el Guadiana, y que cada semana aparece en una ubicación diferente del mapa.

Imagino las vacaciones de Navidad, lejos de los míos, ahogado en vino e indie, gritando proclamas políticas junto a mi mejor amigo y llamando a la revolución contra nuestros amados líderes. Es la opción más probable porque la otra sería pasar por encima de los controles policiales de las autopistas y darme a la fuga a toda velocidad por éstas. Aunque quizás haya otra opción: volar hasta Oporto y luego a Madrid, para entrar en la capital cantando fado. La ley me ampara.

Ahora suena September, de Kool & the Gang. Más buen rollo. Insoportable. Si es que han acabado con nosotros, con nuestro ánimo. Ya nos da todo igual. Que pase rápido y poco más. Si al menos tengo una cama, comida y un techo bajo el que vivir. Y agua caliente. Ay, las duchas con agua caliente. Santo Tomás decía que eran uno de los 5 placeres principales de la vida. No sé cuáles serían los otros cuatro – me puedo hacer una idea – pero sin duda éste es uno de ellos. Solo o acompañado, da igual.

Me he desviado. Hablaba del atisbo de luz, de la felicidad escondida hasta en las peores situaciones. Pero es precisamente lo que me acaba de ocurrir lo que el mundo hace con nosotros: nos aturde, nos distrae de lo fundamental, nos hace discutir sobre si deberíamos decir miembros o miembras, cama de matrimonio o cama King/Queen size, cuando en realidad estamos solos en casa y en la vida, y ni somos miembros de nada ni tenemos con quién utilizar una cama de esas. Es una cama individual, pero más grande. Pero sigamos discutiendo; ni que nos alimentáramos de ello. ¿Qué pensarán los que no tienen techo y comida cuando nos escuchen discutir de estas gilipolleces?

Nueva desviación. Me centro: la felicidad. En mí y en los demás. En el gang. La vida, Dios o el destino – otra discusión inútil, son lo mismo – nos brinda situaciones por las que pasamos por encima sin pararnos a pensar en su probabilidad de ocurrir o en lo que nos aporta. Pero cuando lo hacemos, chico, qué maravilla. Cómo he podido tener tanta suerte. Soy un sujeto con un considerable mal carácter que se hace difícil de soportar y allí están ellos, a mi lado sin ningún motivo. Y así para cada uno de la pandilla: todos imperfectos, plagados de defectos, pero siempre con la coletilla del final: ahí están los demás, a mi lado sin ningún motivo.

Esto es sólo una muestra de lo importante que es saber dónde poner el foco. También de saber convivir con nuestras incoherencias. No tenemos motivos para quejarnos, y lo hacemos. No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco – San Pablo dixit –. No os acerquéis a este colgao, y a la media hora el colgao no besaba nada mal. Así todo.

Lo feliz que es uno desvelando sus incoherencias y bajezas con un amigo. Juntos en la honestidad de nunca ser lo que podríamos llegar a ser. Aceptando con resignación – y un punto de alegría, en realidad – que no hay mucha gravedad en ello, siempre y cuando no nos desviemos del norte.

Creo que la felicidad soy yo y son los otros. Mis incoherencias y verdades más incómodas, compartidas en nuestros gang. El camino que nunca termina, los planes improvisados y aleatorios, el aprovechar la oportunidad y fallar, el fracaso y el alzamiento que viene después. El fundirse con la vida y quedar exhausto. El mirar atrás, cansado, y sonreír diciendo: no dejé nada en el tintero. Todo se me dio, y todo lo entregué. El resto, accesorio. El resto, comodidad. Todo el resto, tranquilidad. Y como decía Tolstoi, la tranquilidad es una bajeza moral.

P.D.: gracias a los que aportáis esa luz, que asoma siempre que la buscamos.

Hoy empieza todo

Septiembre, volverte a ver.

Te escribo esta carta para mantener como de costumbre nuestro encuentro anual; crónica de sucesos y análisis de futuros a medio y largo plazo.

Un año más tengo la sensación de que el verano ha incendiado nuestras vidas y todo ha transcurrido muy rápido, con emociones e historias a golpe tanto de lunes como de fin de semana. Como siempre, este sentimiento toma cuerpo en mí demasiado tarde. Cuando el atardecer de los últimos días de verano desata esos cielos intensos, lilas y rojos, como si el sol lanzara los últimos fogonazos de existencia en los estertores de su extinción, para luego resucitar tranquilo en luces brillantes y cristalinas, me doy cuenta de que, un año más, todo ha terminado.

Los planes no han resultado del todo como esperaba, y aunque quizá éstos han terminado con cierta elegancia, la película de este año no deja de tener un toque agridulce. Una primera parte impactante – con un jurado entregado a la obra – que finalmente no se ha traducido en ese cierre que arranca los aplausos del público en el teatro. En definitiva, lo que pudo ser y no fue, que diría la crónica.

El diagnóstico final es claro: he decepcionado al jurado del corazón. La idea es buena y la trama tiene el desarrollo adecuado, pero no cala en lo hondo. Lo hondo, un concepto que me repiten con frecuencia desde hace varios años. Crea desde lo hondo, la historia debe salir desde lo hondo.

Sí, sí. Esta vez lo veo claro. El sol de septiembre está de mi lado.

La creación tiene que bajar al corazón. El problema no radica en plantear el año como un plan sin fisuras; sino en plantearlo sin el corazón. Todo es correcto, lógico, racional; encaja la secuencia de acontecimientos, los personajes reaccionan y actúan como se espera, las consecuencias de sus actos son previsibles y manejables: los finales casan y las tramas cierran perfectamente.

No. Basta ya. Este año tiene que bajar al corazón. Que no haya planes B, ni C. Que no tenga un plan para evitar que la vida me queme. Al principio hablaba de que el verano había incendiado nuestras vidas, pero nosotros estábamos fríos. Nos había destruido. A partir de ahora, seamos parte de las llamas y uno con el fuego.

¿Podría albergar todo el sentido precisamente aquello que carece de él? ¿Hay un sentido oculto en el corazón que sólo entiende el alma y escapa a nuestros sentidos exteriores? No hay nada que comprender en sus planes, éste no trabaja en el mismo plano que nuestra cabeza. No podremos comprenderlo, sino entregarnos a él. Y encontrar el sentido no será plasmar ese interior en un papel mediante complicadas fórmulas o discursos, sino que simplemente será un breve estado del alma, que se nos presentará de manera fugaz, intermitente, para recordarnos que estamos en el camino correcto. Nos dará tanta paz y tranquilidad que, a pesar de no entenderlo, diremos: “este es el camino”.

A partir de ahora, así trazaré mis planes. Estoy seguro de que el resultado, desde la fría y objetiva lógica humana, puede ser igual de desastroso que los años pasados. Pero éste pasará por el tamiz de nuestro corazón. Y, con algo de suerte, comprobaremos que nos hemos quemado, hecho fuego; lo habremos dado todo sin dejarnos nada, renunciando a las medias tintas. El camino aterra y puede separarnos de la trama principal que llevábamos hasta ahora. Es posible que tengamos que despedirnos de algunas personas, hechos, objetos, lugares de este mundo, pero no por rechazarles, sino por emprender el nuevo camino del corazón, siguiendo su llamada. Muchos se alegrarán, otros tantos ni se darán cuenta, y seguramente algunos nos lo echarán en cara y rechazarán; pero todo es poco castigo frente a emprender el nuevo, ilusionante – y por qué no negarlo, oscuro e incierto – camino del corazón.

Septiembre, hoy te entiendo más que nunca.

Viajero en la noche

El coche se acercaba a toda velocidad hacia el final de aquella colina que había ascendido de manera constante durante unos minutos. La ciudad emergía desde el fondo del paisaje como un gran monstruo marino; los rascacielos y chimeneas industriales penetraban el cielo con la misma fuerza que el coche, rabioso y ansioso, por el esfuerzo y las ganas de terminar aquel obstáculo.

Era pequeña en extensión, muy compacta. Desde aquella colina podía verse por completo. Detrás, la mar. Envolvía la pequeña península donde se concentraba el grueso de edificios, y el contraste de tamaños hacía pensar que en cualquier momento rompería la unión de la ciudad con la tierra firme y engulliría ésta. No parecía descabellado, la ciudad parecía un pequeño hijo de Poseidón. Sólo querría recuperar lo que era suyo.

El último tramo del viaje, hasta llegar a donde había concertado la cita, fue rápido. Estaba cansado. Llevaba horas en el coche y en algunos momentos había sentido perder la consciencia, conducir como un autómata sin más compañía que los campos de Castilla y aquel disco de country.

Llegó diez minutos antes de la hora fijada y esperó al casero junto a la puerta del edificio que iba a ser su nuevo hogar. Un tipo simpático y de buenas maneras, según su tía. Viniendo de una persona sociable y de buen corazón, era como no decir nada. Al poco tiempo, un hombre calvo y regordete, cara y cuerpo con igual forma, se acercó a él con paso ágil.

– ¿Qué tal? – dijo en un tono apático y resignado de la vida. ¿El viaje, bien? ¿Vemos el apartamento?

– Sí, sí. Todo bien. Vamos, sí – necesitaba deshacerse cuanto antes de aquel hombre. El motor del coche y el country eran más agradables.

Entraron al edificio y cogieron el ascensor hasta la última planta. No cabía mucho más allí, considerando el gran bagaje de aquel hombre.

      • – Es muy cómodo estar en las afueras. La ciudad es un poco agobiante, ya verás.

Asintió. Hubiera respondido igual en cualquier sitio.

El casero abrió la puerta del apartamento y dio un pequeño paso hacia dentro, quedando bajo el umbral de ella.

– Y bien, aquí lo tienes – dijo. Cocina – salón, dormitorio y baño – mostró cada una de las estancias señalándolas a cada vez con un golpe de brazo, apuntando con la mano abierta a cada una de ellas. Toda la casa se veía perfectamente desde la entrada. ¿Alguna duda sobre lo que fuimos comentando por teléfono estos días?

– Perfecto, gracias. Ahora mismo no, pero si te parece mañana hablamos por si se me ocurre algo.

Nos despedimos y subió de nuevo el coche en dirección a la ciudad. Ciertamente daba la sensación de ser un poco angustiante; los accesos a ella eran únicamente dos y formaban un perfecto embudo en la entrada a la península, según había podido ver en el mapa. Por suerte era domingo y no había tráfico.

Había anochecido rápidamente durante el trayecto y, cuando llegó al paseo marítimo, era de noche por completo. Anduvo distraído de un extremo a otro, llegando a un extremo de la bahía por la que éste transitaba, y vuelta a empezar. La tercera vez se detuvo justo en el centro del paseo.

Ambos extremos de la bahía iluminaban con fuerza el final de la tierra; entre ellos sólo la mar y el cielo. Éste se encontraba plagado de nubes, que se dejaban ver con tonos grises y blancos al alcanzarlas la luz que provenía de abajo. La mar de verano, tranquila, acariciaba la arena de la playa de una manera a la que ésta no estaba acostumbrada.

Y en la parte central de aquella postal, donde se unían mar y cielo, aquella oscuridad. Posó sus ojos en ella, y poco a poco fue dejándose ir. Todo era claro y nítido en la escena, tal y como hasta ahora en su vida: la luz no dejaba lugar a las dudas. Sin embargo, allí seguía, inmóvil, con la mirada fija y sin pestañear en el único lugar donde no alcanzaba la luz. Quizá no importe lo bien definidos que estén el camino y todos los pasos de nuestro plan, o el procedimiento a seguir si éstos se tuercen. Somos viajeros en la oscuridad, y por mucha luz que exista, siempre nos veremos atraídos a aquellos páramos de nuestro corazón donde no existe nada salvo nuestra desnudez y la ausencia de accesorios e implantes a los que fuimos recurriendo para evitar esta oscuridad. A pesar de que el mundo exterior, iluminado, crea esta pantomima en la que todo parece seguro y cierto, nuestro sabio corazón nos llama a enfrentarnos a esta oscuridad.

Algunos desoyen la llamada y transitan el camino como una sucesión de momentos sin mayor sentido que la unidad que éstos forman al unirse uno tras otro, en lo que llaman vida. Viajeros sin memoria, con un ticket al vacío que reza “carpe diem”, y con una mochila llena de artefactos para vivir con plena seguridad.

Otros, valientes, vuelven su mirada hacia ella. E incluso se podrían llamar insensatos, porque es una batalla sin fin. Nuestro corazón clama al cielo únicamente para que seamos conscientes de que debemos vivir en la duda, sin certezas. Sin equipaje. Nos avisa de que la luz del mundo exterior es un reflejo de ídolos que hemos construido, que la auténtica luz está dentro de nosotros, reflejo de esa oscuridad.

Agachó la cabeza y sonrió, mientras se inclinaba apoyando sus codos sobre el pequeño muro que separaba el paseo marítimo de la playa. Vivir en la duda, en la pregunta. Sin certezas. Quizá el echar la vista atrás y ver que aquel plan lo había traído a donde Él quería, y no él, era la mejor prueba de que era el momento de soltar lastre.

Echó a andar y en el coche, de vuelta a casa, no quiso pensar en lo que debía hacer al día siguiente.

La importancia de la musa

Llevaba tiempo pensando en aquello, algo inquieto.

La musa nunca aparecía en compañía de otros; tampoco era necesario – para bien o para mal – cuando la unión de varios plantaba cara a ese valle de la muerte que parecía el camino. La compañía, ligando a todos y cada uno de los presentes por una especie de onda constante, parecía alumbrar todo alrededor, enterraba a los corderos consumidos por el fuego y hacía florecer hasta los cactus más rebeldes.

Sin embargo, la arena soplaba todas las noches. En algún momento, aún sabiendo que estaban ahí, era incapaz de sentirles a su lado. Las noches eran largas, y en la soledad, la musa se dejaba ver. Desgraciadamente, no se mostraba al poeta tal y como era, sino que tejía un entramado que quizá cayera, lentamente, al ritmo de las palabras adecuadas. Poco a poco, como aquel peregrino saltando de una a otra piedra en el río, temeroso en el principio, valiente – o insensato – hacia el final.

Y allí estaba, ciego en la noche y sintiéndola cerca.

Ella surgía como remedio al terror. No rodaban cabezas, no caía sangre sobre la hoja en blanco. Había letras, palabras, estrofas. Inconexas, brillantes, con sentido propio, estúpidas, pero existían. Del terror a la creación. Y entonces, en aquellos momentos, podía sentir su roce. Casi tocarla, de leve manera, como si ella pretendiera no dejarle caer. Como si dijera «mantendré tu esperanza en interrogante, y sólo encontrarás algunas migas cuando te hayas desviado del camino». Aquella fuerza motora, angustia y ansia, esperanza y vida.

Años había pasado inmerso en el terror. Desconfiaba de ella. Y ahora, que no tenía nada que perder, la incredulidad lo desvelaba: ella estaba ahí, existía de verdad. Lo sostenía por hilos invisibles, manejaba el lápiz de la creación. Velando por él, sin desnudarse, con la mirada repleta de respuestas a sus preguntas.

Y seguía pensando: «¿dónde están tus respuestas? ¿Por qué sólo te encargas de alumbrar mis caminos, olvidando los tuyos?». Quizá la musa no naciera, mas se convirtiera en ella al desprenderse de todas las cadenas que ataban al poeta. La musa era por sí misma, y podía vivir sin sus cantos de alabanza. Era aterrador pensar que toda aquella devoción no movía su corazón un ápice, si acaso lo tenía.

Para él, esto ya no importaba. Ella era real. El motivo por el que soplar para volver a ver a los demás, para continuar el camino. El mismo soplo inútil que parecía la existencia, todo sombras, se convertía en el arma más poderosa para conseguir brillar. Más alto, más fuerte.

Pudiera ser, escribía al borde de las lágrimas, que el secreto para conseguir a la musa fuera llegar a brillar tanto como ella. De no ahogarse junto a Caronte, a pasear al sol con Ícaro. ¿Se quemarían juntos?

Merecía la pena intentarlo. Había luz al otro lado del terror.