Incendios para alumbrar a inútiles

Hablaba con mis padres, afincados en el corazón de las llamas: “primer día de sol tras cuatro de niebla”. Ha ardido buena parte de un parque natural, el de Montaña Palentina, y el fuego ha cercado varios pueblos de la zona. Poco o nada se supo sobre ello hasta los últimos días, cuando lo peor había pasado. Fue en las noticias de Antena 3, donde hablaron de un gran fuego en Guardo, provincia de León. El pueblo, el de mi madre, fue hasta hace no mucho un bastión minero palentino. Hasta donde sabemos, ha dejado de ser lo primero, pero no lo segundo.

“El campo es una anécdota, lo que atravesamos para llegar a la playa”, decía estos días mi amigo Alberto, barquense, con sus padres encerrados mientras el humo y la ceniza envolvían su pueblo en la oscuridad. Matías Prats no habla mucho de Palencia o Zamora; sí lo hacen de Galicia, a la que parecen dedicar con tufillo morboso esa cantinela estival de “arde Galicia” como quien habla de beber agua y evitar salir a la calle en verano o la campaña de vacunación de la gripe. Dicho esto, Matías sonríe y continúa con el noticiario de chascarrillos y anécdotas simpáticas.

Metáfora que refleja a la perfección esta secuela de la gestión desastrosa de desastres tras el éxito de la primera entrega “DANA valenciana”. Un periodismo no degradado – tomando prestado el sintagma de una de las últimas columnas de Juan Manuel de Prada – dedicaría el telenoticias completo a informar sobre una catástrofe nacional; un periodismo no degradado no se equivocaría en la simple tarea de ubicar correctamente los pueblos de su geografía; un periodismo no degradado enviaría periodistas a las ubicaciones de los incendios para averiguar, con trabajo de campo, si hay medios suficientes para su extinción o no; por último, y sobre todo, un periodismo no degradado sería crítico para explicar si estos medios han sido razonablemente dimensionados y desplegados, teniendo en cuenta la cambiante necesidad a lo largo del año – se acuerda uno del personal que habita el mundo de las ideas pidiendo una flota de quitanieves permanente por la borrasca Filomena – o si, por el contrario, el camarada gestor los ha reducido a su mínima expresión para cumplir con el expediente mientras reza a la Virgen para que el monte no inflame.

En cambio, uno encuentra a los redactores pidiendo permiso twittero a los vecinos de los pueblos afectados para usar los vídeos que suben a las redes. Usuarios que han dedicado su tiempo a informar de cosas tan interesantes como que existían recursos autonómicos parados por considerar que estaban lejos de los focos activos o pendientes de trámites burocráticos y autorizaciones, mientras se exigían al Estado más medios, o de los desbrozamientos efectuados por los vecinos cuando alguno de los lumbreras al mando no lo impedía bajo el lema “sólo profesionales, no voluntarios”. Qué sabrán estos vecinillos de su tierra para actuar por libre, dicen desde la barrera los pisamoquetas de bajo rango.

Los pisamoquetas al mando (emperador Sánchez, Mañueco y compañía) continúan repartiéndose las culpas sobre quién debía ayudar a quién. Se imagina uno la conversación: “te llamé para pedir ayuda y comunicaba”. “Estaba justo llamándote yo para enviártela”. El emperador Sánchez habla de un pacto de Estado por la emergencia climática; argumento desternillante porque cada vez que acontece un desastre natural, repite que la culpa es del cambio climático, y si aceptamos la premisa, resulta entonces que estos tipos llevan más de un lustro repitiendo la causa del problema sin poner soluciones. Firmemos unos papeles y más tarde, quizás el próximo verano, apagaremos el incendio.

Ha llegado el fuego y los inútiles que sobrevivieron en Valencia salen nuevamente a la luz. Les alcanza el humo y lo combaten con más humo. Humo, barniz y un instinto de supervivencia digno de las cucarachas bajo holocausto nuclear. Cuesta mantener el decoro en estos asuntos cuando uno se topa por la calle con sus acólitos de paisano, esos que les convierten con sus votos en los behemot de nuestro régimen feudal moderno.

Sobre los indeseables o por qué es mejor ser Djokovic que Nadal

En la NBA de los 80, tan callejera, cuando un jugador hacía un mate en la cara de otro y sus huesos daban contra el parquet, éste sólo podía resignarse y sostener la mirada desafiante y de humillación que le lanzaba el primero. En la guerra del partido, él ganaba esa batalla y tocaba al segundo batirse en retirada. Hoy, cuando esto se repite, basta con que le mire de reojo para que piten los árbitros piten falta técnica.

Había estopa en cantidad en aquellos tiempos, pero existía un código de honor en los silencios para dirimir esos duelos, una ley muda para que los árbitros se dedicaran a los lances del juego y no tuvieran que jugar a papás y mamás con los jugadores. Un código que uno aprendía si gozaba de las dosis básicas de nobleza, justicia y saber estar. En nuestros días, bien parece que lo no escrito debe regularse y nada debe quedar sometido al criterio propio o el libre albedrío. Todo queda reglado y democratizado: la forma de mirar al rival, la omisión de palabras o ideas en ruedas de prensa, los valores de los que presumir…

Es la aversión al conflicto, como decía aquel jefe cuando en las reuniones, en aras de no ofender a nadie, todos exponían su opinión y todas las opciones quedaban sobre la mesa sin concluir absolutamente nada. Él repetía sin cesar que, si queríamos avanzar, era inevitable discutir y que una opinión se impusiera al resto. Él, perro viejo, miembro del Antiguo Mundo, conocía el secreto: no se tomaba el conflicto como algo personal. Navegaba sus aguas como el marinero en la mar brava sabiendo que, tarde o temprano, ésta volverá a calmarse. La tempestad y la calma como partes de la vida.

En clara extinción, aún resisten en la naturaleza algunos de estos ejemplares. Antipáticos bajo sospecha del gran público a los que sólo mueven sus convicciones. Víctimas de un odio que no es más que la envidia por la valentía de la que carecen los que les critican. La última de esta especie ha sido la tenista Danielle Collins, que respondía a los abucheos de los aficionados del Open de Australia – se enfrentaba a una tenista local – con gestos y vaciles de todo tipo, pidiéndoles más. Preguntada en rueda de prensa, sin complejos: “me pagan las facturas. ¿Qué me importa que me odie gente que no conozco?”. Podía parecer fácil el papel de gallo del corral porque ganó el partido, así que volvieron a la carga cuando perdió en la siguiente ronda. Ella insistió: “no me importa lo más mínimo. Gracias por pagarnos a mí y a mis amigas unas vacaciones cinco estrellas en Bahamas”. Y silba invulnerable.

¿Otros ejemplos? Alonso y Verstappen. Al primero no le tembló el pulso para desdeñar y despreciar a toda la estructura de poder de la FIA en manos de los piratas ingleses y el segundo, quizá por su admiración al Nano, ha seguido sus pasos en las ruedas de prensa y declaraciones. Preguntado por todas las palabras malsonantes de sus radios en carrera: “voy a seguir diciendo tacos en el coche y en la rueda de prensa, todos los decimos y la gente debe entender que lo contrario no es real”. O Jokic, jugador serbio de la NBA, que al ser preguntado si tenía ganas de que llegara la celebración en las calles de Denver tras ganar el campeonato, se limitó a responder “lo que quiero es irme a casa ya”.

Cualquiera diría que menudas almas ponzoñosas carentes de virtud. Sin embargo, paradójicamente, son aquellas almas pecadoras las más nobles. Precisamente porque se reconocen pecadoras son transparentes; no ocultan sus defectos y se reconocen humanos, imperfectos, sin pretender migajas de amor por fingir ser quienes no son. Y ya sospecharán ustedes quién es el rey: Novak Djokovic.

Djokovic fue deportado de Australia cuando se jugó el Open en plena era COVID. Fue de listillo y quiso colarse sin vacunar, requisito indispensable. Y cuando le pillaron con el carrito de los helados dijo que naranjas de la China, que no se vacunaba. Abandonó el país como un proscrito, presa del escarnio público y los prescriptores de moral, ufanos como si hubieran dado caza a Jack el Destripador. Ningún tenista del circuito salió en su defensa, sino al contrario. Nadal, lacónico y cristalino: “las normas están para todos y hay que cumplirlas”. Unas declaraciones muy alineadas con el régimen imperante en el momento. Y bastante cínicas porque todos sabíamos que los tenistas se vacunaban porque no les quedaba otra para participar con normalidad en el circuito y en dicho torneo, ya que ellos no eran grupo de riesgo. De la misma forma que los jóvenes sabíamos que no nos hacía falta pero lo hacíamos para enseñar el QR y acceder a la jarana nocturna.

En todo caso, Nadal abandonó la oratoria ejemplar cuando enseñó la patita en una entrevista en 2023, donde declaró: “con 22 Grand Slam se puede vivir frustrado. Creo que Novak lo vive de una manera más intensa que yo. Para él sí hubiera sido una frustración no ser el jugador con más títulos. Y a lo mejor por eso lo ha conseguido, ha llevado la ambición al máximo. Yo he sido ambicioso, pero con una ambición sana que me ha permitido ver las cosas con perspectiva, no estar frustrado, no cabrearme más de la cuenta en la pista cuando las cosas no iban bien”.

Esas palabras tan medidas y bien tejidas, maquilladas bajo esa corrección política que tanto le caracteriza, fueron la declaración de envidia más sibilina y rastrera que jamás escuché. Esto, por supuesto, lo dijo cuando Djokovic ya le había superado en títulos de Grand Slam. Te ganan y tu respuesta es algo así como “bueno, es que tú te lo has tomado más en serio, a mí me daba más igual”. Ya ven, el ejemplar español y el indeseable serbio.

Lo que quiero decir con todo esto, supongo, es que más vale el pecador que se reconoce como tal que el fariseo que se ufana de no ser como los malos. El que se equivoca y no lo esconde. Quienes se muestran tal y como son hoy día, a riesgo de ser señalados, son héroes contemporáneos. Dame a un Djokovic con sus episodios de locura transitoria, dudosa moralidad y malas artes esporádicas porque él no esconde quién es ni sermonea desde el púlpito. Aunque, inevitablemente, si uno sabe dónde tiene que buscar ejemplo, termina fijándose en él y en los ejemplos descritos. Al final, uno coge cariño a estos indeseables e incluso sueña con que le tomen por uno de ellos.

Ser discapacitado (o el topo de Austin Powers)

Esta semana de Epifanía ha sido atípica. Podría decir, incluso, que ha hecho honor a su nombre más allá de lo religioso. Las sorpresas siempre son de agradecer. Ya lo decía Maradona al ver un vídeo de Shaquille O’Neal dando unos toques declarando “I’m Diego Maradona” y los entrevistadores, atónitos, le preguntaban “pero Diego, ¿cómo no te va a conocer?”: “mirá, si perdés la capacidad de sorprenderte, lo perdés todo”.

Tras unos días con un ligero malestar corporal y un pequeño picor en el ojo derecho que no llegaba a identificar, amanecí el día de Reyes con una buena conjuntivitis. “Ah, así que era esto”, me dije. Pero mi cuerpo enviaba otras señales para hacerme intuir que había algo más: el lado derecho del cuello estaba rígido, y lo que parecía un ganglio gritaba de dolor al más mínimo contacto; junto a la oreja derecha ocurría algo similar; en cuanto al ojo, los párpados y el pómulo se hinchaban, prominentes, en una suerte de quasimodia incipiente. Comí con mis padres e insistieron en que pasara por el hospital porque aquello tenía mala pinta. Me atendieron bastante rápido, so pretexto de “uy, madre, ese ojo…”. Igual, y sólo por esta vez, no exageraban. Salí de allí con el diagnóstico y la prescripción: gripazo y colirio. “Si ves que ese ojo se pone peor, te vuelves por aquí”.

Y allí estaba a la mañana siguiente, tuerto frente a la misma puerta. La infección había canibalizado el lado derecho de la cara y no podía abrir el ojo. La visión no estaba afectada, sólo carecía de ella por motivos físicos: los párpados habían adquirido el tamaño de una bola de billar y ya no me pertenecían. Antibiótico y a casa. Y nada de oficina: la nueva simbiosis que formaba con aquel virus era demasiado contagiosa como para pasearnos por la moqueta durante 8 horas diarias.

Fue a partir de ese momento cuando topé con algo peor que mi condición – parcial – de discapacitado. Algo mucho peor que el sello legañoso con el que amanecía cada día y que sólo me permitía abrir el ojo tras quince minutos de ducha al vapor: el prójimo. En cuanto abandoné el hospital, comprendí que el mundo me había rebautizado con su mirada. Ya no era Juan, el ser humano normal y corriente, o Juan parcialmente discapacitado, con una visión temporal del 50 por cierto: era alguien con “eso” en el ojo, un ser diferente, atípico y molesto a la vista. Era el topo de Austin Powers.

Podía quedarme en casa para teletrabajar, pero no me quedaba más remedio que salir para los quehaceres diarios. Ahí fuera, cada cruce de miradas se convertía en un duelo de silencios eternos, una lucha sin cuartel entre apartar la mirada – sin éxito – o comentar algo sobre aquel ojo, entre lanzar improperios por su mirada impertinente o hablar de ello para su desahogo y el mío. Cada encuentro era pura tensión no resuelta. En la charcutería del supermercado, el compañero del que me alargaba el brazo para entregarme el pedido alzó la vista un segundo para, acto seguido, clavar sus ojos en el mío, horrorizado, como Austin Powers en aquella película donde tienen a un topo infiltrado en la organización del Doctor Maligno con un lunar del tamaño de Castilla La Vieja en plena jeta. Ese topo que dice a Austin que sí, que es consciente de su lunar, que le invita a charlar sobre él para desahogarse y seguir adelante con su trabajo, a lo que nuestro querido Powers sólo puede responder “topo”, repitiéndolo a gritos tantas veces que queda exhausto de tal catarsis lingüística, y terminar jurando que lo cortará en rodajas y servirá unas “tapas de antojo”. Quién iba a decir que esa escena, aparentemente inofensiva, se prestaba a una lectura más profunda.

Por la noche, en casa, comentaba la jugada con S.:

  • Pues mira. Ahora, salvando las distancias, ya sabes cómo se siente un discapacitado.
  • Llevo un par de días así y no te imaginas lo cansado que estoy de esas miradas que hablan.
  • Imagínate ellos, que tienen aguantar toda su vida que el resto les recordemos continuamente lo que ya saben: su condición.

Efectivamente, las miradas hablan. S. tiene una inteligencia emocional superdotada y se dedica, por vocación, a lo que mejor hace: entender y ayudar a quienes, por resumirlo de manera tosca, viven al margen de cualquier tipo de “normalidad”.

  • Tampoco seas muy duro con ellos porque, ¿sabes qué es lo peor de todo? No se dan cuenta.
  • ¿Pero cómo no se van a dar cuenta? ¡Si en esas miradas se puede jugar una prórroga!
  • ¿Tú recuerdas como hablabas a los chicos de síndrome de Down cuando venías recogerme?
  • Pues normal, ¿cómo les voy a hablar?
  • ¿Ves? Ni cuenta te das…

Las miradas hablan y las palabras también. Porque S. tenía razón: no importaba qué dijera a esos chicos. Lo único que ellos escuchaban era mi tonito chillón de tía abuela besucona recordándoles que eran diferentes, no fuera a ser que lo olvidaran por un segundo.

Todo esto me ha hecho pensar sobre lo crueles que podemos ser los unos con los otros sin tan siquiera pretenderlo, recordando al diferente lo que ya conoce: su propia condición. Sin dar un maldito respiro al topo para que, por un momento, pueda olvidar ese lunar que hace invisible el resto de su cara. Espero que ahora, habiendo recobrado la visión, consiga ver el rostro del diferente y no sus lunares. Y, sobre todo, no hablar a alguien con síndrome de Down como a un bebé de tres meses.

Violencia en una España feudal

Con el barro aún fresco, los reyes y Sánchez visitaron la huerta sur y encallaron en arenas movedizas. El agua de los últimos días ha colmado los cauces valencianos y la paciencia del pueblo. Exhausto, achicando esa agua negra y pestilente, el respetable aguardaba a sus dirigentes con el cuchillo entre los dientes. Aparecieron éstos y poco faltó para que alguien se erigiera en héroe de la terreta soltando un guantazo a los borbones y un golpe más certero, más allá del palazo volador, a Sánchez. Los primeros resistieron estoicos y empáticos el envite, abrazando, sin rehuir la mirada del ciudadano y aceptando su destino; mientras, el presidente escapó nuevamente del suyo, mustio, cabizbajo, sin comprender por qué sus súbditos renegaban de él. Recordaba la estampa a esa época feudal donde reyes y señores honraban con su presencia al pueblo en contadas ocasiones. Esa nobleza que cobraba el diezmo al currito campesino y éste podía darse con un canto en los dientes si el asunto terminaba ahí, porque lo mismo se cabalgaban a tu mujer derecho de pernada mediante que te enviaban a defender Jerusalén del moro.

Ya no trabajamos la tierra, pero calentamos la silla sobre la moqueta con el mismo propósito. El diezmo se refinó y ahora corre a cuenta de ese cobrador del frac estatal llamado Hacienda, que a efectos prácticos sigue haciendo lo mismo: recaudar bienes del pueblo para dilapidarlo en menesteres de dudosa utilidad, como el buen rey para sus banquetes diarios. Y es que llevo rumiando una temporada que aquella época y la nuestra quizá se parecen más de lo que nos gustaría admitir. Atrás ha quedado el desprecio por la vida de épocas pasadas, pero sigue habiendo paz en el imperio, guerra en sus fronteras y la misma relación del pueblo con sus gobernantes.

Antaño regía la ley del más fuerte, bien por designio divino o por el número de cabezas cortadas. Unos por otros peleaban por el poder, pero quien nunca elegía era la plebe. Ellos se resignaban y los de arriba sabían que su legitimidad era directamente proporcional a su fuerza. No eran pocos a los que el poder embriagaba y se convertían en déspotas, haciendo y deshaciendo a su antojo y jodiendo al personal. Y el pueblo, que no contaba con muchas alternativas para deshacerse del dictador o felón de turno porque la justicia se repartía espada o pistola en mano y sus peticiones caían en saco roto, tiraba de lo único que le quedaba: la fuerza bruta de la masa para coser a hostias al que cometía injusticias en nombre de un poder que nadie le había concedido.

El fin de semana pasado, los reyes y Sánchez se fueron “calentitos” de la zona cero y los opinólogos y tertulianos premium se hicieron eco de la reacción del pueblo, rasgándose las vestiduras y anunciando la hecatombe democrática que esto suponía. “La violencia nunca está justificada. Nunca es el camino”, reza el tan manido y pacífico aforismo. Errado, me temo, porque si uno tira de hemeroteca en los 6.500 años de historia que nos contemplan, comprobará que la violencia es, más bien, el único camino. Podremos acordar que no es lo deseable, pero convendría distinguir la idealidad de la realidad y tomar conciencia de que todos los grandes cambios de la historia llegaron de la mano de asesinatos, revoluciones, derramamiento de sangre entre hermanos, violaciones, abusos y todo tipo de barrabasadas.

Lo menos malo que se nos ha ocurrido para convivir con el vecino han sido las democracias occidentales, que en su origen contaban con dos elementos esenciales que garantizaban su funcionamiento: un nivel mínimo de honradez, donde los políticos solían gobernar acorde a lo que prometían y dimitían si no daban la talla, y unos mecanismos que permitían contrarrestar el abuso de poder por si algún déspota asomaba la patita. Hace años que los gobiernos “democráticos” olvidan toda coincidencia con su programa electoral y utilizan los votos del ciudadano para disponer del poder libremente – acuérdense de la amnistía a los gobernantes catalanes, cuando sus homólogos del gobierno decían sin sonrojarse “la soberanía reside en las Cortes” –; y cada vez es más habitual el manoseo de las leyes y la injerencia en el procedimiento judicial para salir airosos de cualquier posible irregularidad cometida.

Al ciudadano le han regalado un Estado obsesionado con la norma e inmisericorde ley en mano, una dictadura burocrática y administrativa que olvida toda justicia hasta el punto de discutir de competencias, cadenas de avisos y mandos intermedios sobre una montaña de muertos aún caliente. Y nos hacemos los sorprendidos porque al respetable se le suelten la lengua y la mano con los representantes del Estado. Un Estado que avisa de riadas apocalípticas con correos electrónicos a las siete de la tarde o necesita de autorizaciones múltiples para enviar ayuda a la zona afectada. Actos que, por cierto, no encierran violencia alguna y, no tan paradójicamente, son la causa directa de cientos de muertos. ¿Seguro que queremos poner en la balanza qué es peor? ¿Estas pacíficas e inofensivas acciones o los gritos, zarandeos y barros y palos voladores cerca del presidente y los reyes? Porque si lo hiciéramos, quizás alguno no reaparecería en pantalla con la jeta cariacontecida, sino colgado en la plaza del pueblo, con los cuervos sacándole los ojos y sus carnes pudriéndose bajo un sol – entonces sí – de justicia.

Me pregunto hasta qué punto es injustificable la violencia. ¿No son igual de graves los abusos contra la ciudadanía, aunque no sean de carácter físico? ¿Hasta cuándo puede soportar el pueblo la injusticia de sus gobernantes, escudándose en ese “vosotros me elegisteis”? ¿Ha cruzado una línea roja el ciudadano o más bien ellos durante los últimos años? Cuando no procuran el bien para los suyos y pervierten la justicia, los medios de comunicación y todos los mecanismos que permiten al pueblo contrarrestar el poder pacíficamente, impidiendo así cualquier reacción o protesta por su parte, ¿qué le queda a éste?

Ya decía Aristóteles que somos animales racionales, y conviene no olvidar lo primero. Los romanos también conocían la respuesta: si quieres paz, prepárate para la guerra.

Inundar el Congreso con agua de Valencia

Hace tiempo que la clase política salta al hemiciclo como el niño al recreo: a perder el tiempo. Humo y barniz, debates estériles sin efecto en la realidad. En el mundo líquido casi nada parece importante y quizás por ello consentimos que hablen de gamusinos mientras el país se tercermundiza. Pero no importa cuánto se relativice todo porque la parca siempre vuelve para despertarnos de la anestesia.

Los alrededores de Valencia han amanecido en un estado semisubmarino tras una tormenta más que avisada en los organismos pertinentes pero ajena al gran público porque la administración, a por uvas, no dio voz de alarma. El presidente valenciano anunciaba ayer a mediodía que el temporal disminuiría su intensidad y la alerta de Protección Civil llegó con varios pueblos ya inundados. En la capital, algunos de los burros que pacen en el Congreso pedían esta mañana a las empresas que preservaran la vida de sus trabajadores y no les obligaran a trabajar o echaban la culpa del desastre a que se eliminara la Unidad Valenciana de Emergencias: la UME no es suficiente en un país que multiplica organismos y administraciones a tal velocidad que el milagro de los panes y los peces parece una broma de estafador callejero.

La capital se ha salvado de la inundación por el nuevo cauce del Turia, construido en 1969 a raíz de otra riada trágica en 1957. En la misma línea se construyó el embalse de la Forata para contener las aguas del río Magro ante estos episodios. Dicen muchos que no es tiempo de sacar conclusiones, buscar culpables o recordar estas megaconstrucciones franquistas con los cuerpos aún al raso, empapados y llenos de barro. Es el mejor momento para hacerlo. Si el gobierno no ha detenido el pleno del Congreso para votar el cambio de las mayorías del consejo de RTVE un día como hoy, ¿acaso encontrarán tiempo en el futuro para solucionar este problema, cuando la corriente haya arrastrado a los muertos al olvido? Puede que los cuerpos aún calientes sean la única forma de que nuestros gobernantes bajen al barro y planteen soluciones a los problemas reales. Algo que sí hicieron allá por 1957: lloraron a sus muertos, los enterraron y se pusieron manos a la obra. Quién nos iba a decir que, bien entrado el siglo XXI, un puñado de ingenieros civiles seguiría salvando vidas desde la tumba.

Pasan los años y se suceden las inundaciones en el este peninsular sin que nadie ponga sobre la mesa un plan de construcción de presas, canales y embalses para encauzar las aguas torrenciales. Se sigue construyen en zonas propensas a inundaciones. El plan hidrológico que se trazó en su día para no desperdiciar el abundante agua de la zona noreste y poder regar el sur, en el cajón por los siglos de los siglos. La ideología, aunque parezca pura palabrería efectista, tiene sus consecuencias: si te dedicas al estudio de los gamusinos y para más inri te jactas de derribar represas y azudes para que los ríos “vuelvan a fluir”, la tragedia seguirá llamando a la puerta.

Así que ustedes me perdonen, pero no hay mejor momento para sacar conclusiones y buscar culpables. ¿Incómodo? Sí. ¿Necesario? Bien vale centenares de vidas. Todo lo que no sea un plan de obras públicas para domar estos arrebatos de la naturaleza en la medida de lo posible será una nueva demostración de que el hemiciclo está habitado por unos psicópatas que nos conducen al tercermundismo. Ahora llegarán los pésame, las promesas y las subvenciones, pero seguiremos sin atajar la raíz del problema. Dios quiera que me equivoque, pero hasta que no se inunde el Congreso no habrá un plan para evitar que se repita lo de ayer.

Corolario de esperanza: el español, tan contradictorio y paradójico, tan cainita y solidario, sacará las castañas del fuego a sus compatriotas sin la ayuda de sus gobernantes.

¿Y si damos el balón de oro a la española en coma en Tailandia?

A la hora de estas líneas, los mentideros deportivos publican que Vinicius no ganará el balón de oro. Anuncia el Madrid, en protesta a la injusticia patente, que no asistirán a la gala parisina ni el afectado, ni Jude, ni Carlo, ni “el Buitre”, ni Toñín el Torero ni ningún otro blanco. Es Vini, Carvajal o arde París. Al elegante italiano, mitad Casanova mitad jubilado, se le atribuye eso de “el fútbol es la más importante de las cosas menos importantes que hay en la vida”, así que no entiende uno que el agravio sea tal como para no plantarse allí con una delegación, felicitar al vencedor, tocar las palmas Martini en mano y volver a Madrid a dormir la mona. París bien vale una fiesta. Va a resultar que Vinicius ha contagiado el victimismo a todo el club.

Un Vinicius que sería justo vencedor. Igual que Rodri, por cierto. Quizás me hago mayor y pierdo interés en el fútbol, o quizás me sigue interesando y por eso lo pierdo en el Madrid. Nuestro entrenador de baloncesto siempre nos recordaba, en sus clásicas reprimendas por ignorar la pizarra – ya íbamos de estrellitas, bien aprendidos desde pequeños – que nos dedicáramos al fútbol si no queríamos jugar y pensar al mismo tiempo, que allí siempre había hueco para los tontos. Con los años uno se daba cuenta de la exageración y de la táctica que encierra el fútbol, si bien limitarse a dar patadas al balón puede resultar la mejor de ellas. Se recurre con frecuencia a ella para tapar las vergüenzas. Ahí está el Madrid, sin ir más lejos, con su pléyade de afroamericanos jugando a una cosa que dice ser balompié, pero debería llamarse distinto. Y qué coño, pongámonos espléndidos: va a ganar el Balón de Oro un español. Cansa el Madrid cuando lleva por bandera ese discursito de «club global» que no atufa sino a estrategia de marketing ultracapitalista.

Hablando de españoles, estos días se publicaron varias noticias siguiendo la evolución de la joven española en coma en Tailandia debido a un accidente de moto. Los primeros días se hablaba de su repatriación en avión medicalizado a cuenta del Estado, que vela por el bienestar de los suyos… Pero esos tiempos quedaron atrás. Ahora es el ciudadano quien vela para que al Estado no le falte de nada, así que los padres y hermano de la joven pusieron en marcha un mecenazgo para recaudar fondos – 300.000 lereles, ni más ni menos – y, bendita humanidad, capaz de lo mejor y lo peor, recaudaron el dinero en tiempo récord. Ahora andan a la búsqueda de la compañía y avión para realizar el traslado. Precisamente hoy, el gobierno les ha confirmado, como se preveía, que no correrán con dichos gastos. Y de paso, que muy buen trabajo con la recaudación porque ahora les toca a ellos: como han recibido una donación y eso tributa, les toca pasar por caja.

Cuenta El País en su versión digital de Comunidad Valenciana que los padres de la joven son un trabajador de obra civil y una limpiadora de casas. No son suficientemente obreros para el gobierno, parece ser. ¿Ni lo suficientemente españoles? No lanzo la pregunta fruto de una pulsión joseantoniana o nacionalista, sino desde el pragmatismo protestante: ¿dónde quedó ese pacto tácito por el que tú contribuías con el sudor de tu frente (impuestos) al funcionamiento del Estado, que no deja de ser una comunidad grande de vecinos, y el Estado te devolvía el favor cuando te hacía falta? Tan sólo esa pulsión nacionalista debería llevar al gobierno a repatriar a esta chica, pero más allá: ¿Cómo justificar no gastar 300.000 euros en una vida cuando se dilapidan millones en condenarlas (es decir, arruinarnos)?

Dicen que el mayor triunfo del mal es que creamos que no exista. Y su triunfo por el momento es total porque se ha burocratizado; el mal se camufla en leyes y normas, negro sobre blanco, el mal es estatal. El mal son las tributaciones de los autónomos, las asfixiantes inspecciones de Hacienda, el caos ferroviario… Y diversos episodios estomagantes como aquella comparecencia de Unzué por el ELA en el Congreso, donde aparecieron cuatro diputados y el resto andaban desaparecidos a otros asuntos porque las normas parlamentarias y el protocolo democrático no se prestaban aquel día a que nuestros gobernantes escucharan las peticiones de gente QUE SE MUERE.

En fin, mejor cerramos con esperanza: se ha recaudado el dinero para el traslado de la joven y la ley ELA ha conseguido ver la luz. No será por nuestros malvados gobernantes. No busquen otra palabra en el diccionario ni volteretas dialécticas de tertulianos matinales que lo justifiquen. Cuando tienes el poder para salvar a la gente y no lo haces, eres MAL-VA-DO.

Tías buenas y hombres echados a perder

Fue Sofía quien me lo regaló. Le bastó una sola palabra porque es tan delicada que nunca olvida nada que haya salido de mis labios. Mi tía buena me había regalado un libro para que me deleitara en otras tantas. “Tía buena” era un título que me parecía intrigante, y la coletilla “investigación filosófica”, una fanfarronada que merecía la pena comprobar. ¿Por qué me resultaba intrigante? No lo sé. Hay libros que parecen innecesarios porque tratan verdades y mecanismos sociales tan aceptados que no necesitan explicación. Sin embargo, hay veces que desentrañan esos automatismos y consiguen que dejemos de ser meros espectadores para tomar conciencia de nuestra inercia. Es ahí cuando, paradójicamente, la obviedad se vuelve interesante.

Las tías buenas son una de esas obviedades. Nadie necesita un libro para descubrirlas. Por eso, tras las primeras páginas, pensé que no tenía en mis manos otra cosa que los delirios de un viejo verde: apenas había filosofía y sí mucho encuentro carnívoro furtivo. Pero si uno continúa leyendo, cae en la cuenta de que el autor – Alberto Olmos – construye con toda lógica este – sí, lo prometo – ensayo. Para bucear en los orígenes filológicos del sintagma tía buena y relatar cómo hemos llegado a esta dictadura inmisericorde de la belleza, convertida en el gran negocio de la sociedad capitalista, ¿qué mejor que preguntar a las propias mujeres cómo es eso de ser una tía buena?

Lo de la dictadura no es ninguna metáfora. Desde que existen la fotografía y el cine, internet y las redes sociales, la belleza arrasa con todo. Antes, ser guapo ayudaba. Ahora salva vidas. Todo rebosa de hembras perfectas e idénticas de tabiques nasales afilados, pómulos salientes de roca pulida, labios de cama Restform y miradas de súcubo. Ellas, antes víctimas de la explotación de su cuerpo, han pasado a empoderarse a base de auto explotar y sobreexplotar su físico. Las primeras sex symbol cobraban cuatro perras por enseñar la rodilla y el sujetador. Hoy, cualquier mujer se hace de oro en las redes enseñando las tetas. La explotación es empoderamiento y viceversa: esto podría llamarse la paradoja Irene Montero, que dice a las mujeres que son libres y al mismo tiempo lo que tienen que hacer para serlo.

Claro que en toda batalla hay vencedores y vencidos. Para ellas, la belleza es promesa de éxito: han pasado de víctimas a verdugos. ¿Y quiénes son las nuevas víctimas? Los hombres sin voluntad, abrumados por esas miradas de súcubo y el bombardeo erótico-sexual. Dice el ensayo que hasta un niño de 12 años ha visto más mujeres desnudas que el rey más poderoso de la antigüedad. No le falta razón. Hay estímulos por todas partes: la avalancha de pornografía, el erotismo en las redes y la publicidad, una moda callejera que deja cada vez más carne al descubierto… Esto no exculpa la debilidad masculina ante la tía buena. Los hombres morimos y matamos por la belleza: creemos que una cara bonita, un culo de gimnasio respingón y unas tetas de plástico albergan todas las respuestas. Un espejismo que devora el alma. No nos vendrían nada mal un par de collejas, pero es justo decir que lo arriba descrito es una losa con la que no contaban generaciones pasadas.

Al final, la víctima común a ambas partes es el amor. La belleza está acabando con el amor. Hace no tanto, Carmen y Marisa eran las guapas del pueblo y, si uno no movía ficha, siempre cabía la esperanza de intentarlo en las fiestas del año siguiente. Ni unos ni otros se dispersaban en la multitud de Twitter e Instagram. En el pueblo había un cinco para cinco y para de contar. Ahora, Carmen y Marisa compiten con Kimberly y Camille por likes y fueguitos de Nueva Zelanda, Camboya, Chipre y Argentina. Lo del cortejo y flirteo ha pasado de ritual a hamburguesa Big Mac. Ellas se olvidan de buscar el amor y caen en la dopamina del like. Esto provoca una “inflación sexual” por la cual su autoestima se hincha por encima de lo razonable atendiendo únicamente a su cuerpo. Su personalidad muta de chica de pueblo a ángel de Victoria’s Secret. Ellos, intimidados ante el ego femenino, se ahogan en el universo de likes e interacciones en redes sin comprometerse con ninguna. Y muchos, si lo hacen, siguen mirando de reojo a todas esas opciones aún disponibles, llegando a creer que otra mujer sería mejor que la suya y sin pensar que, probablemente, Dios no puso en su camino a la mujer que él quería – o creía que quería –, pero sí a la que necesitaba. Unos por otros, el poder de la belleza destruye el amor.

Decía Stendhal que “la belleza no es nunca otra cosa que una promesa de felicidad». Hoy es promesa de perdición.

Esperanza en la barra del bar

El mundo de hoy tiene tintes de novela distópica. La muestra es España, aunque no estamos tan mal; nuestra tendencia a exagerar los defectos propios nos hace olvidar que el resto camina por la misma senda.

Hace años que los medios de comunicación y los políticos han convertido cualquier charla distendida de sofá en asuntos de Estado de los que depende el futuro del país. Esta semana fueron ejemplo de esto algunas anécdotas del día a día, tan manoseadas que no merece la pena derrochar más líneas sobre ellas. El resumen es que hoy día, todo lo inútil y relativo a la esfera de lo privado se convierte en público, auditable y de vital importancia.

En España, tan novelescos y dados a la gresca, nos movemos como pez en el agua – barro, más bien – en estas situaciones y nos arrojamos a estos “debates” como si de un fuego purificador se tratase. Una catarsis colectiva de 45 millones de personas desde la barra de un solo bar. Quizás he mentido al comienzo de estas líneas y estemos un poco peor que el resto porque, a diferencia de nuestros vecinos del norte, nos pesa ese morbo tan latino por la polémica, el sarao y el jolgorio.

Como hemos dicho tantas otras veces, lo importante en esta vida no son únicamente los hechos, sino las motivaciones que se esconden tras ellos y, en esta ocasión, vemos al nuevo régimen de pensamiento único sacando a relucir toda la artillería pesada.

Cuando lo privado se vuelve público, es susceptible de ser juzgado y constituir una ofensa. Si ésta se produce, hay vía libre para la crítica, y ésta siembra el sentimiento de rechazo en la sociedad. Para colmo, el ser humano (y más el mediterráneo) tiene esa maldita tendencia natural hacia las emociones y las pasiones – este barro del que hablamos – antes que hacia la reflexión y la crítica. Conclusión: todo lo privado, que no existía a los ojos de la sociedad, salta a la palestra y se convierte en un problema que debe ser analizado y resuelto. Y dado que lo privado suele ser subjetivo, sentimental y relativo, nos encontramos con infinitos problemas sin solución, que se anteponen a los pocos verdaderamente importantes que sí la tienen.

El pensamiento imperante actual es la dispersión o ausencia de éste y la irrelevancia de los hechos. Primero, porque al no existir una reflexión y crítica que nos conduzca a conclusiones lógicas, es válida tanto una cosa como su contraria; segundo, porque estos hechos no tienen cabida el tiempo suficiente para convertirse en noticia, ya que son atropellados por el siguiente problema ficticio de la lista (cualquier hecho aislado del día a día de la esfera privada: imagínense todas las combinaciones posibles).

Me pregunto cuál fue el germen de esta corriente y por qué persiste como un monstruo devorador de cualquier otra. Hace décadas, fue quizás el mero hecho de llenar las horas muertas ante la falta de problemas reales. Algo muy humano y aparentemente inofensivo. Ahora, es la falta de soluciones a los mismos lo que nos conduce al cataclismo.

Si bien los líderes actuales no pueden – o no quieren – encontrar soluciones a los problemas reales, exhiben infinitas para los ficticios. Suelen ser sermones interminables y vacíos desde el púlpito de la nueva iglesia de este siglo. En esta ocasión, se ha propuesto suspender una capea, realizar un llamamiento a la ejemplaridad de la sociedad española, recordar la gravísima situación de machismo que atraviesa el país y recomendar cursos de educación sexual; una interminable lista en lo que parecía una pelea por ver quién conseguía la tan ansiada corona de faro moral del Nuevo Occidente.

Pero mucho me temo, y más si uno revisa la historia de la humanidad, que quienes proponen este juego, con el ánimo de perder tiempo como si de una prórroga de final de Mundial se tratase, o quienes participan de él, han perdido. Los primeros pueden ser brillantes estrategas manipulando marionetas a su antojo o completos inútiles agarrándose a ese cómodo sillón para disfrutar los últimos momentos de bonanza ante lo que viene; los segundos, absolutamente imbéciles por dejarse manipular o haber perdido toda esperanza en el mundo del mañana. No importa. Saben los primeros, mientras dan pábulo a historietas de tebeo, que deben estirar el chicle para evitar que el pueblo se les eche a las barbas. Saben, quienes se erigen como faro de moralidad desde el congreso o el plató de televisión, que poco más les queda por hacer salvo envolver a la sociedad en ese velo que tan bien manejan, con la esperanza de posponer el momento en el que éste caiga. Saben, quienes se entregan a participar en este juego, que éste no resolverá sus verdaderos problemas. Todas estas discusiones sobre el humo son la frustración por no albergar ya ninguna esperanza. Es el desahogo del mediocre, del que se conforma con gritar más que el compañero de la barra.

Es fácil pensar que nuestros líderes se encuentran en el primer grupo y los ciudadanos en el segundo, de ahí el statu quo. Pero también quiero pensar que, entre nosotros, se esconde un tercero: ciudadanos lúcidos, bien pertrechados de educación, cultura y valores – los únicos remedios para evitar esto –, pacientes, cansados. Ciudadanos que, en silencio, se niegan a ser partícipes de toda esta farsa. Ciudadanos a los que estos problemas no les merecen ni un mísero comentario, porque saben que entrar en ese juego supondría reconocer la derrota antes de comenzar la verdadera partida.

Por ello, si yo fuera cualquiera de estos líderes de pacotilla, erigidos en paladines de la moralidad, estaría preocupado. Estos políticos y medios de comunicación, en un nuevo acto del sainete, vuelven a apretar la soga sobre el cuello del español. Mientras tanto, y a pesar de haber tantos compatriotas rendidos a la causa del humo y la nada, otros tantos se niegan a ser partícipes de este juego.

Entre las cuatro paredes que habitan cada uno de ellos, se acelera el corazón y termina la paciencia a ritmo de cada desprecio de sus señorías. La masa silenciosa se convierte, a golpe de discurso moralista sobre la nada, en pólvora. Por eso sería mejor, señorías, que se apartaran. Su tiempo ha terminado. Y cuanto más detenten el poder, menos miramientos tendrán con ustedes todos esos corazones que laten ya a toda velocidad. Quizás crean que nada de esto les puede ocurrir a ustedes, que han educado sabiamente en valores huecos pero cívicos al populacho que en el fondo tan poco respeto les merece, pero tengan en cuenta esto último: siempre, absolutamente siempre, entre millones de personas, hay alguien dispuesto a tirar por tierra toda ética y moral personal por el bien común. Y cuando alguien piensa así, no hay mal lo suficientemente grande para impedir que una utopía se convierta en realidad.

Bendito momento en el que lo anecdótico sea un problema. Querrá decir que España se ha salvado. Mientras tanto, seguimos siendo una barra de bar en lugar de una nación. Pero no olviden que ésta, además de conversaciones intrascendentes, alberga esperanza.

Cuestión de Respeto

Ayer, 8 de septiembre de 2022, uno se levantaba para comenzar otro día de tantos que no son realmente vividos porque la inercia borra nuestra consciencia hasta que la vida nos vive a nosotros. Ayer, sin embargo, España, que ha dejado de ser noticia al no tener remedio alguno, volvió a sacarme de ese estado de sopor en el que uno ya prefiere olvidar su origen en lugar de enorgullecerse de él – o incluso, sin mayor pretensión, aceptarlo.

Tiene este nuestro país una innata habilidad para dar siempre una última vuelta de tuerca a uno de tantos tornillos mellados y desgastados que sostienen el tablón de afrentas autoinfligidas y surrealismo que lleva por bandera desde hace tiempo.

Ayer, como decía, el devenir de la rutina se interrumpió cuando anunciaron la muerte de Isabel II. Uno podría esperar que en nuestro país esta despedida se asemejara a tantas escenas de películas de guerras y épica donde los contendientes, tras haberse batido en combate de todas las formas imaginables, permanecen en pie, renunciando a caer, mirándose fieramente a los ojos y soportando en sus corazones una mezcla de odio, respeto, asco y reconocimiento.

Reino Unido y España serían los actores perfectos de esa película, y ésta no sería menos que cualquier superproducción actual. Son, afortunadamente, tiempos mejores los que vivimos y aquellas guerras han quedado atrás. Sin embargo, no terminamos de olvidar. Incluso en nuestros días, donde las noticias se olvidan antes de que el suceso que relatan termine, unos rescoldos se avivan o apagan en nuestras conciencias según el viento que levanta cada día. Una especie de dolor crónico, de molestia bajo el colchón que aprieta o afloja según nuestra postura. Quizá sea esa roca en el sur de los confines peninsulares. Es sólo una roca, no tiene mayor importancia. Pero, si no la tiene, ¿por qué siguen allí? La roca es el ego de los guerreros y ahí reside todo su valor. Es cuestión de respeto. ¿Se acuerdan cuando Valdano decía “a Raúl le dije que cobraría un euro más que los galácticos y eso fue todo lo que necesitó”?

Reino Unido podría ser a España uno de esos villanos que tan bien dibuja Pérez-Reverte en sus novelas: pérfidos, maquiavélicos, interesados, despiadados; pero siempre con un código de honor que logra infundir respeto en el rival y consigue que reconozcamos su valía, lo que precisamente ennoblece el combate y engrandece a ambos contendientes.

La muerte de la reina Isabel II representa, según dicen, el final de lo antiguo. Era ella el último vestigio del Imperio Británico. La única monarca superviviente del ayer. Si ese fuera el caso, y quien hubiera caído fuera la cabeza de tan elevada institución, bien podríamos haber tomado en España el papel del combatiente que, tras toda una vida guerreando, se presenta en la escena para ofrecer sus respetos al rival caído, contemplar en solidario silencio su marcha a otros mundos y abandonar el lugar, cerrando al salir para continuar con sus menesteres sin mayor consideración, porque existe una línea muy clara entre el respeto y la admiración.

Pero no. Ahí estaba España para no perder la oportunidad de – nunca mejor dicho – ser el muerto en el entierro.

Unas horas después del fallecimiento de la reina, la otra Isabel anunciaba tres días de luto en la Comunidad de Madrid por su tocaya – parece que todavía le queda cachondeo en el cuerpo tras el acto de Tabarnia. Las columnas de opinión se llenaban de loas hacia lo que parecía ser – y nosotros sin saberlo – una especie de diosa en la tierra y las portadas de los periódicos se llenaban de fotos, especiales y reportajes a golpe del lema – momento de vergüenza ajena extrema – “God save the Queen”.

Hoy amanecemos en directo en Buckingham Palace con la misma cantinela y paradójicamente, de esto sólo nos va a salvar el signo de estos tiempos: la noticia ya ha sido enterrada con ella y en unos días no recordaremos nada de esto.

En esta vida, lo peor no son las acciones, sino lo que se esconde tras ellas. No tiene nada de malo dar el pésame a Reino Unido por su pérdida. Ni reconocer la importancia del personaje. Ni admitir que ha sido una monarca – aparentemente, no hay que ser ingenuos – ejemplar.

El problema de toda esta anécdota, porque la muerte de Isabel II no es sino eso, es el trasfondo español cuando uno ve toda esta profusión de cariño, admiración y respeto sin igual hacia el difunto. El problema es la falta de respeto. Aún peor: la falta de respeto con nosotros mismos.

Primero, el respeto que debemos tenernos como individuos. Querer ser el que más llora en el entierro, incluso más que el propio afectado, es sumamente patético. Llámenlo mala educación, no saber estar, convención social o soberbia. Pueden ser las cuatro. Pero denota debilidades del carácter que complican bastante respetar al responsable de ellas. Hablando de debilidades, les diré otra: empatizar con alguien que está a miles de kilómetros y no conoces mientras seguimos despreciando al vecino de enfrente no es empatizar. Responde simplemente a uno de los mecanismos más básicos del hombre: el del ser social. Como antes fue la religión y ahora son las nuevas tribus sociales, unirse a la corriente del pésame en esta ocasión no es más que el deseo del hombre de no ser un marginado entre la multitud. Y también es lo más cómodo: empatizar con el niño del Congo o con el inglés apesadumbrado no nos interpela. No hay que tomar acción. Prueben a empatizar verdaderamente con el mendigo de la esquina o el dueño del comercio del barrio que cierra, a ver cómo se les queda el cuerpo y si son capaces de dejar el trasero pegado al sofá.

Segundo, el respeto que nos debemos los unos a los otros como comunidad, como España. No es cuestión de la roca, del valor histórico de la persona, o de lo que se quiera que represente el otro. Es simplemente respetarnos como país. Y es que últimamente, España demuestra que ha dejado de hacerlo. Somos cutres hasta la extenuación cuando no cejamos en nuestro empeño de admirar al resto por ser lo que son mientras nos fustigamos a cualquier mínimo síntoma de idiosincrasia nacional. Somos patéticos cuando romantizamos la historia, costumbres y cultura de otros países mientras agachamos la cabeza o bajamos la voz en lo que respecta a las nuestras. No se trata de despreciar o minusvalorar al otro. Se trata de abrazar lo que somos, sin otra pretensión, de la misma manera que hacen ellos. Reino Unido y España pueden estar, desde sus respectivos puntos de vista, más orgullosos que ningún otro país del mundo de lo que han conseguido a lo largo de la historia. Pueden mirarse con respeto y estrechar sus manos, siempre pensando en cómo urdir el siguiente golpe para acabar con el rival, por supuesto. Ellos con sus códigos, nosotros con los nuestros – mejores; no voy a participar de la equidistancia moral –, pero siempre satisfechos. En cambio, mientras los primeros apuntalan con orgullo y tesón todo lo que los llevó a convertirse en lo que son, nosotros continuamos vilipendiando estas bellas tierras que han sido epicentro de la civilización durante tantos años.

Aún recuerdo otros insignes episodios de esta telenovela nacional, con Obama como ídolo de masas al asistir a los late night show en Estados Unidos y nuestros políticos siendo objeto de todas las burlas y tildados de chabacanos por asistir a El Hormiguero, por ejemplo. No podemos ser una nación medianamente seria y respetada si caemos en la infundada estupidez de alabar la identidad del otro y ser tan mezquinos con la nuestra. Al final, se trate del individuo o la comunidad, ¿saben lo que ocurre si uno no se respeta? Se puede ir olvidando de que los demás lo hagan.

No sé si han visto el vídeo de un argentino en el que hace gala de la habilidad que tienen para inventar insultos sobre la marcha a una velocidad de vértigo, celebrando la muerte de la reina. Todos somos adultos, se nos presuponen dos dedos de frente, y estamos de acuerdo en lo absurdo de celebrar la muerte de un ser humano. Pero si nos quitamos las caretas y dejamos de llevarnos por la corriente, encontraremos que la muerte de la reina no nos importa lo más mínimo y nos deja indiferentes, de la misma manera que la muerte diaria de miles de personas con las que no tenemos trato alguno.

Y dicho todo lo anterior, les confesaré que en este caso estoy más cerca del argentino que de la otra Isabel. Seguro que entienden a lo que me refiero. Termino con un pensamiento: las portadas de la prensa británica cuando muera el rey español. Para mí, la portada de hoy debería ser otra: España en nuestros días, campeona olímpica del tremendismo y la servidumbre.

Alguien tiene que hacerlo

Pasar un mes de agosto en Madrid puede suponer un tedio tan sólo soportable para quien haya adquirido algo de práctica a lo largo de los años, o lo que es lo mismo: para los que no tienen más remedio. En el caso del que escribe estas líneas, más bien al contrario: uno vuelve al mejor lugar – el que le vio nacer – en el peor momento, tras unos años de exilio norteño donde los veranos tratan con suavidad al veraneante y quizá con algo de ingratitud al local, que bastantes penurias meteorológicas ha acumulado durante el resto del curso.

Desprovista del velo de romanticismo twittero, la realidad del Madrid canicular no es del todo terrible. Sí, el calor es infame y se puede medir en viajes nocturnos de colchones hacia las habitaciones o al salón, en busca de ese aire acondicionado que nos sugieren – por el momento – usar con moderación. Y sí, cierran por descanso algunos de nuestros locales favoritos (para cuatro días al año que no hace falta reservar con una semana de antelación…). Pero uno se puede sentar a gusto en el suburbano y los autobuses, los atascos desaparecen – los pocos que quedan se deben a algún chalado u obras, una de las torturas favoritas de los alcaldes este mes – y, si no existiera Madrid Gymkhana Central 360, podríamos aparcar el coche en plena Plaza Mayor (qué tiempos aquellos de tan sólo hace unos años, ¿recuerdan?).

Pese a todo, este mes se produce en la capital un hecho innegable, y depende de cada uno que sea bueno, malo o indiferente: la nada social. La ciudad se vacía por completo y los que permanecemos nos volvemos irrelevantes. Como si nuestro único propósito fuera mantener el flujo de actividad mínimo que la ciudad necesita para no marchitarse hasta la llegada de septiembre, como una casa de veraneo vacía. Y en estos tiempos que corren, donde nos construimos a través de los demás y no de nosotros mismos, donde hacemos testigo al mundo de cualquier pequeño avance, logro o hecho que en otro tiempo sería mera anécdota, el mes vacío que es agosto puede resultar demoledor para el espíritu. Pareciera que éste se construye durante el curso en el ir y venir de fin de semana, las actividades encadenadas, la excitación del movimiento incesante, las galerías interminables en redes sociales, la comunidad con los nuestros…  Y, en cambio, tan pronto como los demás nos abandonan a nuestra suerte en la ciudad, ese espíritu se desmorona.

Es cierto que el espíritu crece – en parte – en presencia de los demás. Son las gentes y las comunidades las que hacen atractivo cualquier lugar, y si no lo creen así basta con fijarse dónde se respira vida en verano y quiénes habitan estos lugares cuando el período estival se despide. Somos nosotros quienes convertimos los pueblos en lo que son, de la misma manera que hacemos con las ciudades en invierno. La esencia cambia de bando con sus gentes. Ciudad y pueblo son dos caras de la misma moneda, y somos nosotros los que jugamos a cara o cruz según la época del año. Esa esencia de comunidad construye el espíritu y el de los nuestros.

Sin embargo, en la ciudad, en esta cruz de agosto, en estos días de nada social, de espíritu replegado sobre sí mismo, todo lo falsamente construido durante el curso se diluye en una soledad obligada. Y es en ese momento cuando las almas tienden a trascender, cuando se alejan de los hombres que las distraen.

Precisamente estos días del año, que se asemejan a una larga tarde de domingo, son los mejores para forjar esa parte del espíritu tan importante que no depende de la comunidad. Es la más difícil, la invisible a los ojos de los hombres. En ella, pelean constantemente lo divino y lo humano, el primero en su afán por elevarse a los cielos y el segundo intentando que su orgullo no naufrague en ese mar de irrelevancia social.

Son días de cambio de rutina, de frecuentar lugares y gentes que no conocíamos. Quizá nunca estuvieron hasta entonces, aunque lo más probable es que sí y no reparáramos en ellos durante el frenesí capitalino que recomenzará en septiembre. Son días en los que cualquier tarea se antoja inútil y pequeña a la luz de estas largas y calurosas horas de sol. Y quizá sea así, pero quiero creer, como no deja de creer en el amor un soltero cuarentón, que todo lo insignificante a los ojos de los hombres es grande a los ojos de algo o alguien aún más grande que todo lo anterior.

Pienso en esto mientras paso por el aparcamiento de la iglesia que frecuentan mis padres y veo a un hombre grande, enrojecido con el fulgor del sudor que lo impregna, podar los setos que salpican el lugar:

  • Alberto, amigo. Buena hora de podar te has buscado.
  • Sí, hace calor. No pasa nada, en una hora termino.
  • Este mes no está ni el de arriba, ¿para qué te pones ahora?
  • Pues tienes razón. Pero alguien tiene que hacerlo.

La sencillez de lo invisible, de lo desconocido. La sencillez de lo pequeño, humilde y aparentemente inútil. La sencillez de aquello que sólo ve quien puede ver en lo escondido. Eso es lo que prepara el espíritu para las cotas más altas. Por eso, es bueno volver sobre nuestros pasos este mes, examinar el núcleo y preguntarnos: ¿estamos preparados para las cosas grandes que están por venir? No vaya a ser que ande uno afanado en podar todo el jardín y ni siquiera sea capaz de empezar con una planta.