Ayer, 8 de septiembre de 2022, uno se levantaba para comenzar otro día de tantos que no son realmente vividos porque la inercia borra nuestra consciencia hasta que la vida nos vive a nosotros. Ayer, sin embargo, España, que ha dejado de ser noticia al no tener remedio alguno, volvió a sacarme de ese estado de sopor en el que uno ya prefiere olvidar su origen en lugar de enorgullecerse de él – o incluso, sin mayor pretensión, aceptarlo.
Tiene este nuestro país una innata habilidad para dar siempre una última vuelta de tuerca a uno de tantos tornillos mellados y desgastados que sostienen el tablón de afrentas autoinfligidas y surrealismo que lleva por bandera desde hace tiempo.
Ayer, como decía, el devenir de la rutina se interrumpió cuando anunciaron la muerte de Isabel II. Uno podría esperar que en nuestro país esta despedida se asemejara a tantas escenas de películas de guerras y épica donde los contendientes, tras haberse batido en combate de todas las formas imaginables, permanecen en pie, renunciando a caer, mirándose fieramente a los ojos y soportando en sus corazones una mezcla de odio, respeto, asco y reconocimiento.
Reino Unido y España serían los actores perfectos de esa película, y ésta no sería menos que cualquier superproducción actual. Son, afortunadamente, tiempos mejores los que vivimos y aquellas guerras han quedado atrás. Sin embargo, no terminamos de olvidar. Incluso en nuestros días, donde las noticias se olvidan antes de que el suceso que relatan termine, unos rescoldos se avivan o apagan en nuestras conciencias según el viento que levanta cada día. Una especie de dolor crónico, de molestia bajo el colchón que aprieta o afloja según nuestra postura. Quizá sea esa roca en el sur de los confines peninsulares. Es sólo una roca, no tiene mayor importancia. Pero, si no la tiene, ¿por qué siguen allí? La roca es el ego de los guerreros y ahí reside todo su valor. Es cuestión de respeto. ¿Se acuerdan cuando Valdano decía “a Raúl le dije que cobraría un euro más que los galácticos y eso fue todo lo que necesitó”?
Reino Unido podría ser a España uno de esos villanos que tan bien dibuja Pérez-Reverte en sus novelas: pérfidos, maquiavélicos, interesados, despiadados; pero siempre con un código de honor que logra infundir respeto en el rival y consigue que reconozcamos su valía, lo que precisamente ennoblece el combate y engrandece a ambos contendientes.
La muerte de la reina Isabel II representa, según dicen, el final de lo antiguo. Era ella el último vestigio del Imperio Británico. La única monarca superviviente del ayer. Si ese fuera el caso, y quien hubiera caído fuera la cabeza de tan elevada institución, bien podríamos haber tomado en España el papel del combatiente que, tras toda una vida guerreando, se presenta en la escena para ofrecer sus respetos al rival caído, contemplar en solidario silencio su marcha a otros mundos y abandonar el lugar, cerrando al salir para continuar con sus menesteres sin mayor consideración, porque existe una línea muy clara entre el respeto y la admiración.
Pero no. Ahí estaba España para no perder la oportunidad de – nunca mejor dicho – ser el muerto en el entierro.
Unas horas después del fallecimiento de la reina, la otra Isabel anunciaba tres días de luto en la Comunidad de Madrid por su tocaya – parece que todavía le queda cachondeo en el cuerpo tras el acto de Tabarnia. Las columnas de opinión se llenaban de loas hacia lo que parecía ser – y nosotros sin saberlo – una especie de diosa en la tierra y las portadas de los periódicos se llenaban de fotos, especiales y reportajes a golpe del lema – momento de vergüenza ajena extrema – “God save the Queen”.
Hoy amanecemos en directo en Buckingham Palace con la misma cantinela y paradójicamente, de esto sólo nos va a salvar el signo de estos tiempos: la noticia ya ha sido enterrada con ella y en unos días no recordaremos nada de esto.
En esta vida, lo peor no son las acciones, sino lo que se esconde tras ellas. No tiene nada de malo dar el pésame a Reino Unido por su pérdida. Ni reconocer la importancia del personaje. Ni admitir que ha sido una monarca – aparentemente, no hay que ser ingenuos – ejemplar.
El problema de toda esta anécdota, porque la muerte de Isabel II no es sino eso, es el trasfondo español cuando uno ve toda esta profusión de cariño, admiración y respeto sin igual hacia el difunto. El problema es la falta de respeto. Aún peor: la falta de respeto con nosotros mismos.
Primero, el respeto que debemos tenernos como individuos. Querer ser el que más llora en el entierro, incluso más que el propio afectado, es sumamente patético. Llámenlo mala educación, no saber estar, convención social o soberbia. Pueden ser las cuatro. Pero denota debilidades del carácter que complican bastante respetar al responsable de ellas. Hablando de debilidades, les diré otra: empatizar con alguien que está a miles de kilómetros y no conoces mientras seguimos despreciando al vecino de enfrente no es empatizar. Responde simplemente a uno de los mecanismos más básicos del hombre: el del ser social. Como antes fue la religión y ahora son las nuevas tribus sociales, unirse a la corriente del pésame en esta ocasión no es más que el deseo del hombre de no ser un marginado entre la multitud. Y también es lo más cómodo: empatizar con el niño del Congo o con el inglés apesadumbrado no nos interpela. No hay que tomar acción. Prueben a empatizar verdaderamente con el mendigo de la esquina o el dueño del comercio del barrio que cierra, a ver cómo se les queda el cuerpo y si son capaces de dejar el trasero pegado al sofá.
Segundo, el respeto que nos debemos los unos a los otros como comunidad, como España. No es cuestión de la roca, del valor histórico de la persona, o de lo que se quiera que represente el otro. Es simplemente respetarnos como país. Y es que últimamente, España demuestra que ha dejado de hacerlo. Somos cutres hasta la extenuación cuando no cejamos en nuestro empeño de admirar al resto por ser lo que son mientras nos fustigamos a cualquier mínimo síntoma de idiosincrasia nacional. Somos patéticos cuando romantizamos la historia, costumbres y cultura de otros países mientras agachamos la cabeza o bajamos la voz en lo que respecta a las nuestras. No se trata de despreciar o minusvalorar al otro. Se trata de abrazar lo que somos, sin otra pretensión, de la misma manera que hacen ellos. Reino Unido y España pueden estar, desde sus respectivos puntos de vista, más orgullosos que ningún otro país del mundo de lo que han conseguido a lo largo de la historia. Pueden mirarse con respeto y estrechar sus manos, siempre pensando en cómo urdir el siguiente golpe para acabar con el rival, por supuesto. Ellos con sus códigos, nosotros con los nuestros – mejores; no voy a participar de la equidistancia moral –, pero siempre satisfechos. En cambio, mientras los primeros apuntalan con orgullo y tesón todo lo que los llevó a convertirse en lo que son, nosotros continuamos vilipendiando estas bellas tierras que han sido epicentro de la civilización durante tantos años.
Aún recuerdo otros insignes episodios de esta telenovela nacional, con Obama como ídolo de masas al asistir a los late night show en Estados Unidos y nuestros políticos siendo objeto de todas las burlas y tildados de chabacanos por asistir a El Hormiguero, por ejemplo. No podemos ser una nación medianamente seria y respetada si caemos en la infundada estupidez de alabar la identidad del otro y ser tan mezquinos con la nuestra. Al final, se trate del individuo o la comunidad, ¿saben lo que ocurre si uno no se respeta? Se puede ir olvidando de que los demás lo hagan.
No sé si han visto el vídeo de un argentino en el que hace gala de la habilidad que tienen para inventar insultos sobre la marcha a una velocidad de vértigo, celebrando la muerte de la reina. Todos somos adultos, se nos presuponen dos dedos de frente, y estamos de acuerdo en lo absurdo de celebrar la muerte de un ser humano. Pero si nos quitamos las caretas y dejamos de llevarnos por la corriente, encontraremos que la muerte de la reina no nos importa lo más mínimo y nos deja indiferentes, de la misma manera que la muerte diaria de miles de personas con las que no tenemos trato alguno.
Y dicho todo lo anterior, les confesaré que en este caso estoy más cerca del argentino que de la otra Isabel. Seguro que entienden a lo que me refiero. Termino con un pensamiento: las portadas de la prensa británica cuando muera el rey español. Para mí, la portada de hoy debería ser otra: España en nuestros días, campeona olímpica del tremendismo y la servidumbre.